¡El autor, el autor!

Es mísero, sórdido,
y aun diría tétrico,
someterlo todo
al sistema métrico”

Javier krahe (Un burdo rumor)

 

El 14 de mayo de 2015 se publica un artículo acerca del bosón de Higgs que bate todos los récords: 5154 autores. De las 33 páginas de extensión del documento, solo las nueve primeras tienen contenido científico. Las restantes 24 páginas son un listado (alfabético) de los autores y sus instituciones. Cada vez que dicho artículo sea citado, todos y cada uno de esos 5154 autores listados recibirá un pequeño impulso a su carrera. En el momento de escribir estas líneas ya sumaba unas 750 citas.

Citas

Las citas son el combustible que alimenta el motor de la ciencia académica: dotan de mayor impacto a las revistas científicas a la par que prestigian a los autores de sus artículos. Son los “like” de la ciencia. Este tándem revista-investigador funciona en una peculiar simbiosis de la que se benefician mutuamente, aunque en desigual medida y no exenta de polémica. ¿Es proporcional el número de citas de un artículo a su relevancia científica? ¿Está siempre la excelencia detrás de los autores más citados? ¿Están todos los que son, y son todos los que están? Veamos.

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Hace medio siglo el sociólogo Robert K. Merton publicó un artículo en el que definía el efecto Mateo, inspirado en el evangelio homónimo (Mt 25,14-30: “Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”). Merton constataba la existencia de una suerte de élites extractivas de la ciencia: las revistas y los autores de más prestigio se retroalimentan y se enriquecen a base de citas que detraen de revistas y autores más humildes, creando una excesiva e injusta brecha en la carrera por obtener reconocimiento y recursos para llevar a cabo los proyectos.

Esta ventaja acumulativa se debe en parte a lo que podríamos llamar cita a ciegas: consiste en la práctica de citar aleatoriamente las referencias de un artículo anterior que trate sobre el mismo tema, sin haberlas leído siquiera. El siguiente autor hará lo mismo y citará las referencias que habían sido previamente citadas (a ciegas) en el anterior, y así sucesivamente dando lugar a un proceso piramidal que beneficia siempre al autor más consolidado (o antiguo). Esta práctica lleva al absurdo de que llegara a ser citado hasta 400 veces un artículo que ni siquiera existía, o de que sigan siendo citados artículos años después de ser retirados de circulación por fraude científico.

En la competición académica no basta con publicar, hay que hacerlo en revistas con un alto factor de impacto (mayor difusión) y que los artículos sean citados por el mayor número de colegas posible. Y aunque las citas de cortesía (“si tú me citas a mí, yo te cito a ti”) y las auto-citas están a la orden del día, no es el principal problema que devalúa esta unidad de medida de la excelencia. Cuando esta práctica se profesionaliza, da lugar a los llamados cárteles de citas, grupos de interés que se asocian para aumentar fraudulentamente su prestigio .

Ya no hablamos solo de citación endogámica, sino que editores de revistas y revisores de artículos (peer review) “aconsejan” citar sus propios artículos a los autores revisados, bajo la velada amenaza de rechazar la publicación en caso contrario. Se trata de un impuesto revolucionario que los autores, aunque de mala gana, acaban pagando porque: “son recompensados con la publicación de su escrito, y las citas gratuitas ayudan a aumentar el factor de impacto de la revista que le ha publicado”. Al final todos ganan. Excepto la ciencia quizás.

Fin de la cita.

Autores

La ortodoxia académica dice que los autores de un artículo deben ser aquellos que han contribuido de forma significativa a su redacción. Esta contribución puede ser de índole intelectual, de obtención de datos, de revisión del trabajo… ¿Quien puede ser realmente autor (o coautor) de un artículo científico? En pocas palabras: ¿A quién le importa?

¿Puede un animal ser autor? Por supuesto. Al menos tres monos, un hamster, un perro y un gato constan como coautores de varios artículos científicos, incluído uno del  premio Nóbel “padre” del grafeno, Andre Geim. La immunóloga Polly Matzinger incluyó a su perra Galadriel como coautora en uno de sus artículos, y fue publicado. Después de descubrirse el escándalo, y durante la titularidad de su plaza como profesora, fue interrogada al respecto, pero ella cuenta que el director de su tribunal lo tuvo claro: “no lo consideraron un fraude, ya que el animal visitaba el laboratorio con frecuencia y no había hecho menos investigación que muchos coautores de otros artículos”.

¿Puede ser autor un personaje de ficción? Ya te digo. Un estudio de Maggie Simpson, Edna Krabappel, y Kim Jong Fun fue publicado en 2014 por dos revistas científicas. Como era complicado que esto “autores” escribieran nada, el contenido fue generado con el software SCIgen, un programa que produce textos de cierta complejidad pero sin sentido alguno. Si quieres probarlo, está aquí. Más preocupante es que editoriales de prestigio como Springer o IEEE tuvieran que retirar ese mismo año más de 120 artículos generados con este software, después de ser publicados. Para ilustrar como funciona este algoritmo, muestro una captura de mi artículo como primer autor “escrito” en menos de 1 minuto:

MiPaper

Al igual que las citas por cortesía, las coautorías honoríficas o los autores invitados también están a la orden del día. Se trata de personas que no han aportado nada en la investigación pero que se incluyen como coautores porque: 1) Su prestigio puede ayudar a que el artículo sea aceptado para su publicación o para obtener subvenciones. 2) Se paga un favor o una deuda previamente adquirida. 3) Se les da un empujoncito en la carrera a familiares y amiguetes varios. 4) Se impone el derecho de pernada del señor del castillo.

En este sentido, es absurdo lo increíblemente prolíficos que parecen algunos autores, con una ratio de hasta dos artículos publicados por semana. Cuenta Francis Villatoro en su blog el caso del físico de partículas Tommaso Dorigo que, en un arranque de honestidad, confesaba “no haber leído los más de 700 artículos de los que era coautor hasta 2012. Ni había escrito nada en la mayoría de ellos, ni había ayudado a su revisión interna dentro de la colaboración. Quizás habría leído un tercio y/o ayudado a la revisión interna de un cuarto”. ¿Un caso excepcional? Ojalá.

Autores

Pero si -como es mi caso- no tienes talento, ni prestigio, ni familiares académicos, ni un castillo, no te preocupes. Por unos módicos 300€ puedes ser coautor de un artículo científico, hay un buen número de revistas deseando incluirte en artículos que solo están esperando tu coautoría ficticia (y tu dinero) para ser publicados. Son los llamados fake o predatory journals, revistas con una apariencia de seriedad que viven de investigadores ávidos de ampliar su curriculum fácil y rápidamente.

Todas estas artimañas tienen su origen en la obsesión por cuantificar la excelencia, de medir la capacidad intelectual al peso. Los artículos científicos han pasado de ser un fin a ser un medio, y la relevancia científica pasa a un segundo plano cuando lo que se busca es la relevancia numérica: más publicaciones, más citas, más madera. La producción es el objetivo prioritario, y así los datos se retuercen, se estiran o se interpretan de forma creativa para poder apilar el mayor número posible de artículos en revistas de impacto.

Con la pujanza de los países asiáticos, el aumento del número de revistas online y open access, y la continua aparición de nuevos jugadores en la competición, la guerra de las cifras no ha hecho más que empezar. El explosivo incremento del número de publicaciones cada año está inflando la burbuja científica hasta extremos preocupantes, y la promiscuidad autoral no ayuda. En palabras de Gustavo A. Silva: “La autoría injustificada relaja la conducta ética de la comunidad científica, mengua el valor de la autoría y degrada el artículo científico a la condición de mercancía.”

Crisis, what crisis?

supertramp

Esta carrera por publicar e inflar el rating dentro del mercado de la ciencia nos puede conducir a lo que Andrew Gelman y Eric Loken describen como “El tramo AAA de la Ciencia Subprime”, señalando el peligro de empaquetar artículos de primera calidad junto a otros de dudosa relevancia científica: “…tenemos un papel que jugar asegurando que nuestra literatura científica no derive en un mercado sobrecalentado (…) Si no afrontamos esta crisis, podríamos encontrarnos con una corrección del mercado en el valor percibido de la ciencia, y una consecuente reducción en nuestra capacidad colectiva de generar conocimiento”.

Sin duda es complicado evaluar la relevancia académica de forma sencilla y directa, pero puede que el error sea intentar simplificarlo todo. Se pretende confiar una evaluación que debería ser cualitativa y compleja al manejo tribal de unas cifras mágicas, para de un vistazo decidir quién está más capacitado para llegar a brujo dentro de instituciones que se suponen la quintaesencia del conocimiento humano. El investigador Ismael Rafols, uno de los autores del manifiesto de Leiden, apunta en este sentido: “En el caso español la nueva tendencia hacia la máquina evaluativa se asocia con la vieja burocracia y crea un producto tóxico que creemos que aleja la ciencia del tejido económico y social”

Nos hemos vuelto tan precisos y eficaces contando y midiendo cosas, nos hemos venido tan arriba, que queremos medir y cuantificar también a las personas, en todas sus vertientes. Dice una cita atribuida (erroneamente) a Einstein: “No todo lo que cuenta puede ser contado, y no todo lo que puede ser contado cuenta”. El problema es que los humanos no somos cosas fácilmente medibles, y si sabemos que nos van a medir y cuantificar, tenemos la inteligencia y la capacidad para alterar el valor de dichas medidas a nuestra conveniencia. Y vaya que si lo hacemos.

deadpoets

Quiero acabar recordando al profesor Keating y una escena de “El Club de los Poetas Muertos”, en la que que opina ante sus alumnos del filósofo Pritchard y su fórmula para cuantificar la calidad de un poema: “Un excremento. Eso me parece el señor Evans Pritchard. No se trata de tuberías, hablamos de poesía, ¿cómo se puede describir a la poesía como el concurso de Miss América? -Si, me gusta Byron, le doy 42 puntos pero le fallan las piernas-. Quiero que todos arranquen esa página. Adelante, arranquen la página entera. Ya me han oído, arránquenla, ¡arránquenla!”.

Arránquenla por dios.

 


 

Para saber más:

 

 

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